María Givell creía saberlo todo sobre Antonio Daudí; o casi todo. Desde pequeña, su abuelo le había contagiado su pasión por el arquitecto y ahora, convertida en una joven historiadora del arte, María recordaba con cariño cada uno de sus paseos para desentrañar su enigmática obra.
pero nunca hubiera imaginado que entre aquellas maravillas yacía oculto uno de los secretos más antiguos y peligrosos de la humanidad, y mucho menos, que ella sería la clave para resolver el enigma.

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